# 62

Economía y mujeres en el África Subsahariana

Contexto

A VISTA DE PÁJARO

Mujeres

MUJERES Y ECONOMÍA INFORMAL

Voces y testimonios

LA HISTORIA DE RAMATA ADIGRE

Derechos

MICROCRÉDITOS, UN ARMA DE DOBLE FILO

Cambio

EL SECTOR PRIMARIO COMO NICHO DE LA ECONOMÍA FORMAL

Solidaridad Internacional

CRÍA DE POLLOS y EMPODERAMIENTO EN KEBEMER

Todavía hoy se acude con demasiada frecuencia al mito de la sumisión de la mujer africana frente al dominio del hombre en todas las esferas en las que se manifiesta la vida y, por ende, también en el ámbito económico, para explicar el origen de todos sus males. Pero esta imagen estereotipada y reduccionista no explica por sí sola la situación que viven las mujeres del África subsahariana en la esfera económica, donde se da una clara tendencia al alza tanto en el número de trabajadoras-emprendedoras como en la calidad de los empleos que desempeñan, en parte por el auge de los movimientos feministas en el continente. Es imprescindible analizar y comprender la situación de las mujeres del África al sur del Sahara y su papel en las transformaciones económicas en diversos ámbitos a partir de algunos ejemplos y casos concretos.

La historia de la nigeriana Ramata Adigre es uno de estos casos concretos que rescatamos en este número, un caso de superación y perseverancia que bien podría ser el de gran parte de sus coetáneas. Como en otras muchas iniciativas empresariales, la micro financiación ha sido determinante para que Ramata haya podido montar su negocio de peluquería, aunque no siempre ocurre de esta manera. Voces críticas con el sistema de micro créditos alzan la voz para alertarnos de su peligro. En la región de Kebemer, Senegal, por su parte, decenas de mujeres se han iniciado en la cría y comercialización de carne aviar gracias al impulso de Solidaridad Internacional y su socia local, FADEC - Nord, lo que está contribuyendo a la mejora de su calidad de vida y empoderamiento.

A nivel macroeconómico, la noticia está en la puesta en marcha del Área de Libre Comercio Continental Africana este pasado mes de enero de 2021, lo que, en principio, contribuirá a dinamizar el mercado interior africano y fortalecer las economías de sus estados miembro. Habrá que ver si la euforia desatada con la nueva coyuntura se materializa a su vez en la mejora de las vidas de sus habitantes y especialmente la de las mujeres, las más vulnerables dentro del tejido económico, de las cuales la inmensa mayoría o trabaja en el sector primario en condiciones si no precarias, al menos lejos de la toma de decisiones, o lo hace por su cuenta de forma irregular.

Foto: Tope Asokore.

Artículos en este número...

  • 1
    A VISTA DE PÁJARO
  • 2
    MUJERES Y ECONOMÍA INFORMAL
  • 3
    LA HISTORIA DE RAMATA ADIGRE
  • 4
    MICROCRÉDITOS, UN ARMA DE DOBLE FILO
  • 5
    EL SECTOR PRIMARIO COMO NICHO DE LA ECONOMÍA FORMAL
  • 6
    CRÍA DE POLLOS y EMPODERAMIENTO EN KEBEMER

Un hombre de raza negra con un arma de grandes dimensiones al hombro sobre el mapa silueteado de África fue la portada en el año 2000 de la prestigiosa revista inglesa, The Economist. El titular que la acompañaba no podía ser más elocuente: “El continente sin esperanza”. Sin embargo, tan solo once años después, ese mismo medio volvía a dedicar su portada al continente africano, aunque, esta vez, con un mensaje radicalmente opuesto al anterior. La silueta de un niño volando una cometa multicolor con la forma del continente y dos simples palabras, “Africa Rising”. Pero, ¿cómo pudo pasar en poco más de una década de ser un territorio económicamente desahuciado a tener algunas de las economías con mayor crecimiento del mundo como el caso congolés, cuyo PIB durante ese periodo creció a un promedio de más de 11 puntos anuales, incluso por encima del de China?


Durante el ciclo de seminarios Diarama África, que Solidaridad Internacional ha organizado junto con Haaly Pular Vitoria y Mboolo Elkar en noviembre de 2020, la economista y miembro del Real Instituto Elcano, Ainhoa Marín, apunta a que dicho crecimiento fue en parte por la revalorización de las materias primas que exportaban países como Nigeria durante dicho periodo, muy focalizadas en combustibles fósiles (petróleo, gas natural, etc.), pero que, en ningún caso, se le puede atribuir a este factor la causa única del brutal crecimiento. “En Etiopía, país que durante el periodo 2011-2015 obtuvo el tercer mayor crecimiento del PIB mundial con un promedio de 8.1 puntos y que no responde al patrón de país exportador de crudo, se aprecia, por el contrario, un cierto grado de industrialización y diversificación de la producción”, comenta Marín.

El continente africano es tan rico en recursos como heterogéneo. Vive una explosión demográfica sin precedentes, lo que equivale a poseer una cantidad ingente de fuerza bruta e intelectual a la espera de una oportunidad para emerger. Las previsiones para el 2.100 son que duplicará su población (pasará de 1.300 millones de habitantes a 2.500) y tendrá cinco países entre los 10 más poblados (actualmente solo figura Nigeria en séptimo lugar con 206 millones). Sin embargo, se da la paradoja que, siendo rico en recursos humanos y materiales, sigue siendo un continente débil económicamente en relación a los índices internacionales. Pese a tener grandes reservas de combustibles fósiles, minerales y productos agrícolas como el cacao, a menudo dicha riqueza ha sido motivo de guerras internas y saqueo por parte de empresas transnacionales.

ÁREA DE LIBRE COMERCIO CONTINENTAL AFRICANA

En marzo de 2018, África dio un paso determinante en la creación de un mercado único al firmar, en Kigali, 44 de los 55 países integrantes el tratado del Área de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA en inglés). A fecha de marzo de 2021, con la excepción de Eritrea, todos los demás estados africanos se han sumado a la iniciativa y 30 de ellos ya han ratificado el tratado en sus respectivos parlamentos, quedando a la espera de que lo hagan los restantes 24. Si hasta ahora el mercado interior del continente no superaba el 15% (el de Europa es del 67%), con su entrada en vigor en enero del presente año, el pistoletazo de salida para la fase operativa, “se abre la oportunidad de que el conjunto del territorio mejore sus infraestructuras, se agilicen los trámites burocráticos y la adquisición de productos internos y productos manufacturados, lo que impulsará el crecimiento de todo el continente”, concluye Marín. Ahora solo queda ver si realmente esta herramienta, más allá de los datos macroeconómicos, revitaliza también las pequeñas economías familiares de sus habitantes.

Foto: Flickr.

Hay pocos datos fiables sobre el empleo informal en el África subsahariana y las cifras no son exactas. Pese a ello, se estima que el empleo informal, también conocido como economía sumergida, alcanza el 72% en el África Subsahariana. Según los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de 2017, el empleo informal aporta entre el 25 y el 65% del PIB de los países de esta región, más aún (entre un 30% y un 90%) si se excluye la actividad agrícola, la más afianzada y, por tanto, la más regulada de todas. El empleo informal representa, por lo tanto, una parte importante de la economía y el mercado laboral y juega un papel importante en la producción, la creación de empleo y la generación de ingresos. Sin embargo, la informalidad pone a los y las trabajadoras en mayor riesgo de vulnerabilidad y precariedad. De hecho, la informalidad tiene un fuerte impacto adverso en la adecuación de los ingresos, la seguridad y salud en el trabajo y las condiciones laborales en general. Este impacto, además es notablemente mayor en el caso de las mujeres, quienes, fuera del sector agrario, muy pocas tienen acceso al mercado laboral regular.

La mayoría de las trabajadoras del sector informal comienzan su propio negocio por necesidad, ya sea porque están en paro o porqué necesitan ingresos adicionales. Es una economía que está fuertemente vinculada a la familia, pero sería un error menospreciar la mano de obra empleada más allá de los lazos consanguíneos. Cada una de las 30.000 empresas informales evaluadas en Dakar, Senegal, tiene, por ejemplo, un promedio de un trabajador externo.

FOTO: Mikel Aristregi.

A pesar de que el empleo informal tiene numerosas desventajas como trabajos en malas condiciones, improductivos y no remunerados, no reconocidos o desprotegidos por la ley, ausencia de derechos de la trabajadora, protección social inadecuada y falta de representación y de voz, desventajas que crecen especialmente en el extremo inferior de la economía informal, constituida principalmente, no lo olvidemos, por mujeres, diversas expertas lo consideran como un camino hacia el empleo formal. La economía de las mujeres necesita trabajadoras formadas, capaces de integrar el nuevo mercado de trabajo, y el empoderamiento que permite la economía sumergida dota de experiencias fundamentales en el cambio de paradigma.

La región del extremo norte de Camerún es una zona árida que limita con Nigeria al oeste; también es la parte más pobre del país. Según los últimos datos de la ONU, de los más de 104.000 refugiados nigerianos en Camerún, prácticamente su totalidad se encuentra en esta región, desplazados por la violencia ejercida por Boko Haram en su país. Cuando este grupo armado intensificó sus ataques en Nigeria en 2014, el conflicto dispersó a muchas familias a través de las fronteras limítrofes, matando a miles de civiles y soldados y ejerciendo una presión económica insostenible en las comunidades del extremo norte. La mitad de las personas refugiadas y desplazadas internas en la zona son mujeres y niñas: madres que mantienen a familias enteras, esposas que han visto cómo sus maridos han sido asesinados, niñas que han sido forzadas a casarse y hermanas que han sido violadas. Sin embargo, entre tanta barbarie, encontramos ejemplos de mujeres que, como lideresas resilientes, supervivientes y emprendedoras, aportan algo de luz entre tanta oscuridad, como el caso de Ramata Adigre, documentado por ONU Mujeres.

Foto: ONU Mujeres.

Ramata huyó de Nigeria en 2015 tras un ataque de Boko Haram al barrio donde vivía. Perdió de forma traumática a parte de su familia - “vi como decapitaban a mi tío delante de mí”-, por lo que buscó refugio en la vecina Camerún. Llegó al pequeño pueblo de Mora con una mochila de plomo a sus espaldas: malos tratos por parte de su marido que desapareció el día del ataque, una familia desintegrada por la violencia, un niño de dos años y otro en camino, y nada más que lo puesto. Empezar de cero siempre es complicado; hacerlo en esas condiciones, un infierno. Ramata empezó trabajando en un pequeño restaurante, ganando menos de un dólar al día, lo que no daba ni para pagar el alquiler. La situación era desesperada, hasta que encontró el Centro de la Mujer de Mora auspiciado por la ONU, el lugar en el cual, además de recibir atención psicológica, Ramata inició su aventura empresarial. Tras una formación básica, el centro le cedió un kit de venta de aceite de cacahuete y bocadillos con el que, además de devolver el crédito, le permitió ahorrar lo suficiente para montar una peluquería. “He estado trenzando y peinando el cabello a mis amigas desde que tenía 10 o 12 años”, comenta mientras trabaja. “Estoy muy orgulloso de esta tienda. Cuando ganaba solo 250 CFA haciendo fufu (un alimento básico en África Occidental), ni siquiera podía comprar jabón o alimentar a mi hijo. Pero ahora tengo un negocio y estoy ahorrando dinero”.

Ahora Ramata incluso se permite soñar: “mi sueño es hacer que este salón sea más grande y convertirme en una mejor peluquera. He perdido mucho en mi vida, pero quiero que mis hijos vayan a la escuela y tengan éxito. Les estoy enseñando que está mal maltratar a las mujeres”.

Desde que en los años 70 el bangladeshí Muhammad Yunnus, también conocido como “el banquero de los pobres” y galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2006, desarrollara el sistema de microcréditos sociales, millones de personas con recursos escasos de todo el mundo, principalmente mujeres a las que se les ha negado el acceso al crédito por las vías ordinarias,  han podido montar pequeños negocios con los que ganarse dignamente la vida gracias a pequeños préstamo con un interés muy por debajo del requerido por las grandes corporaciones financieras. De hecho, durante años, este sistema crediticio ha gozado de muy buena reputación, llegándose incluso a ver como una forma viable y sostenible de reducir la pobreza en los países más castigados.

Este sistema de microcréditos es impulsado en muchos casos desde ONGs en los que mayoritariamente se respeta el espíritu por el que fue creado y gracias al cual enormes grupos de personas experimentan notables mejoras en su calidad de vida, pero también es promovido desde gobiernos nacionales y organizaciones internacionales bajo el amparo de grandes corporaciones financieras como el FMI y el Banco Mundial, donde las condiciones, en muchos casos, lejos de ser justas, son claramente abusivas. No pocas asociaciones de mujeres critican este sistema porque las estafan, las endeudan y las arruinan, ya que los intereses que deben pagar son mayores que los beneficios que obtienen, de manera que deben endeudarse para devolver el préstamo, cayendo en un círculo vicioso del que es muy difícil salir.  Las mujeres víctimas de este sistema sufren amenazas constantes –se llega a divulgar por radio el nombre de las morosas– e incluso penas de cárcel, en caso de impago, como en Malí; o han perdido a sus familias o han caído en la prostitución, como en Marruecos; o se han endeudado para no morir por no poder pagar una cesárea, como en Congo.

Foto: Mikel Aristregi.

Frente a estas situaciones de injusticia, cabe destacar la recuperación de la práctica de la “tontina”, un tipo de asociacionismo local ancestral con la vocación de asistir a los miembros de una comunidad ante las dificultades de la vida o, en una versión más actualizada,  una especie de sistema de micro ahorro colectivo entre personas unidas por vínculos de familia, amistad, vecindad o de tipo socio-profesional, que invierten en un fondo común sobre la base de la confianza mutua a intervalos regulares (diarios, semanales, mensuales) cantidades fijos de dinero, a menudo de no más de un euro, para constituir una hucha colectiva con la que hacer frente a las vicisitudes de la vida.

La centroafricana Nina Beina, viuda y madre de 11 hijos e hijas, ha podido adquirir, gracias al sistema de la tontina, tierras en propiedad donde poder construir las futuras casas de sus hijos. Según una investigación de la Asociación Internacional para la Investigación de la Renta y la Riqueza (IARIW, en inglés) de 2014, las personas que viven en hogares pobres quieren ahorrar dinero, y los grupos de ahorro tienen un impacto positivo en los resultados comerciales del hogar y en el empoderamiento de las mujeres. Los grupos de ahorro también son particularmente eficientes porque no involucran capital externo y tienen menores barreras de entrada para los miembros. Ahora Beina, una vez acabe de devolver el préstamo al fondo comunitario, planea usar su próximo préstamo para expandir su producción de cultivos.

La agricultura es la base de la economía formal en los países del África Subsahariana. Según los datos de la FAO de 2017, la agricultura emplea a más de la mitad de la fuerza laboral total y dentro de la población rural, proporciona un medio de vida a una multitud de pequeños productores, los cuales conforman el 80% de las explotaciones agrarias y emplean a casi 175 millones de personas, de las cuales más de la mitad son mujeres (AGRA, 2014). Es, sin duda, el sector más regularizado y por el que la mayoría de estados africanos han apostado como vía para erradicar la pobreza, aunque, no por ello, exento de precariedad. Es lo que habitualmente se denomina “agricultura familiar”, explotaciones agrícolas, forestales, pesqueras, ganaderas o acuícolas gestionadas y dirigidas por una familia y basada, principalmente, en el trabajo familiar. Según el Banco Mundial, la agricultura familiar se mantendrá como la principal fuente de empleo formal e informal en las próximas décadas en donde el número de la participación de las mujeres es muy significativa. El aumento de la participación de las mujeres en la agricultura está ligado a las iniciativas que están tomando algunos gobiernos.

En Etiopía se ha empezado a transferir la asignación de títulos a los gobiernos locales a través de certificados, lo que ha alentado a las mujeres a solicitar y poseer tierra. En Namibia, los órganos con autoridad de aprobar títulos sobre la tierra han tomado la iniciativa de buscar a mujeres que quieran solicitar parcelas en propiedad, las acompañan en el proceso de solicitud y se aseguran de que sus solicitudes se procesen sin discriminación. En Mboula, una región de Senegal, el gobierno local ha asignado a tres grupos de mujeres unas ocho hectáreas de tierra a cada grupo para que produzcan alimentos. Las mujeres se han organizado en grupos que trabajan por turnos un día a la semana y comparten todo lo que producen. Sus hogares tienen la alimentación asegurada, ellas pasan menos tiempo trabajando en la tierra y ya están investigando la viabilidad de producir aceite de un árbol local con el que mejorar sus ingresos. El modelo ha sido adoptado por algunos gobiernos locales en África Occidental, donde existe la posibilidad de que sea el propio gobierno quien pueda expedir títulos.

A pesar de todos estos esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de las mujeres, la fotografía general ha cambiado poco y no se prevé que lo haga a corto plazo: en países como Burkina Faso o Gambia, menos del 10% de los productores agrícolas son mujeres. En el Níger y Nigeria, los hombres son propietarios exclusivos del 62 y el 87 % de la tierra, respectivamente.

Foto: Mikel Aristregi

Las mujeres del departamento de Kebemer, en la zona noroccidental de Senegal, como en gran parte del continente africano, lo tienen más difícil que los hombres para ganarse la vida. A pesar de ser un territorio semidesértico cuyos habitantes, con el apoyo de Solidaridad Internacional, luchan activamente contra el avance de las dunas, el 89% viven principalmente de lo poco que les da la tierra y, en menor medida, de la ganadería. Sin recursos naturales ni tecnológicos adecuados, las familias están condenadas a una economía de subsistencia bajo la cual se hace casi imposible prosperar, más aún, decíamos, si eres mujer. En este contexto adverso, se da la paradoja de que, trabajando las mujeres 13 horas al día los 365 días del año, ya sea realizando tareas domésticas, agrícolas o empresariales en el sector informal, frente a las 5 horas diarias que trabajan los hombres únicamente en la época de lluvias y posterior época de recolección, siguen dependiendo de sus maridos en todos los ámbitos de la vida. El control de los medios de producción, como la propiedad de la tierra, el material de producción y los recursos económicos, corresponden al hombre, lo que confiere a éste el poder económico y social, relegando a la mujer a un segundo plano en la toma de decisiones de los procesos productivos, económicos y sociales.

Foto: Solidaridad Internacional.

Sin embargo, gracias a la onda expansiva de los movimientos feministas africanos que está alcanzando incluso a los lugares más remotos del continente y la implementación de proyectos económicos alternativos liderados por mujeres, se está viendo alterado este sistema de organización tradicional patriarcal que, por otro lado, cada vez es menos sostenible incluso para los propios hombres. Constituidas en Grupos de Interés Económico (GIE) o en Grupos de Promoción Femenina (GPF), ambos tienen como objetivo promover sus actividades económicas, ya sea haciendo bordados, atendiendo pequeños comercios, elaborando pasta de cacahuete o productos derivados del pescado, entre los más habituales, en su mayoría dentro del sector informal.

El proyecto de cría y comercialización de carne de pollo impulsado por Solidaridad Internacional y su socia local FADEC – Nord en el Departamento de Kebemer, pretende el empoderamiento económico de las mujeres de las zonas rurales, a la vez que apuntalar estos nuevos sistemas de organización más justos en términos de igualdad y respetuosos con los Derechos Humanos de las mujeres. Así, se han construido y puesto en marcha más de seis granjas de pollos comunitarias, todas ellas dirigidas por 7 mujeres a las que se ha formado previamente. Generar excedente económico y mejorar la alimentación de las familias es el doble objetivo que persigue el proyecto.

Foto: Solidaridad Internacional.

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